Mi intención es que el análisis se imponga a la opinión. No siempre lo consigo, pero que quede constancia de mi voluntad.
El lunes de esta semana...
Adiós
La primera decisión, e incluso la más difícil, para quienes contamos con un espacio semanal en la página de opinión de un diario es la selección del tema. En la realidad de nuestro país el problema no se origina en la ausencia de asuntos para tratar, sino precisamente en lo contrario, en la abundancia de estos. Como los personajes de la obra de Pirandello, aquí los hechos abundan y están a la espera del autor. Sin embargo, en esta ocasión el asunto no ha tenido esa complicación, porque, para decirlo coloquialmente, fue servido en bandeja. Sí, literalmente, en la bandeja de mensajes de WhatsApp gracias a un amigo cibernauta. La noticia fue la venta de EL UNIVERSO. No podía haber duda, ese debía ser el tema para este lunes.
He mantenido esta columna a lo largo de casi tres décadas (28 años, para ser exacto) de manera ininterrumpida y con escasas ausencias por razones de esas que burocráticamente se califican como de fuerza mayor. Mi tema predominante ha sido la política, lo que me ha obligado a un cuidadoso ejercicio de responsabilidad. En un país que vive en la coyuntura permanente y en donde el largo plazo no dura más de dos días escribir semanalmente se transforma en una responsabilidad mayor. Como lo afirmo en la sección Los lunes en El Universo de mi página web (que recoge los artículos de opinión ya publicados), mi intención ha sido que el análisis se imponga sobre la opinión. Obviamente, como lo reconozco ahí, estoy consciente de que no siempre he podido lograr ese objetivo, pero me ha servido de guía para moderar las preferencias y de esa manera aportar en lo posible al debate. Esa ha sido la línea que he seguido desde que inicié este camino gracias a la invitación de Carlos Pérez Perasso.
Sería iluso suponer que la venta del Diario no vaya a materializarse en cambios sustanciales. En estricto sentido será una nueva etapa que deberá manifestarse en aspectos de forma y de fondo. Uno de estos será la redefinición de la línea editorial y, con ella, de la página de opinión. Los nuevos propietarios y la nueva administración buscarán establecer su impronta desde el primer momento y para esto nada mejor que dejar este espacio libre para que lo llenen según lo que consideren conveniente.
Sí, este es el artículo con el que me despido de EL UNIVERSO y sobre todo de quienes reflexionaron conmigo cada lunes. Extrañaré sus comentarios, especialmente el intercambio de mensajes que se producía después en el mail, ya sea porque estábamos de acuerdo o, con mayor intensidad, cuando discrepábamos. Es un adiós que, como todas las despedidas, tiene una carga de incertidumbre acerca del futuro. No del mío, que, en sentido contrario al ancestral pesimismo ecuatoriano, lo veo y lo vivo con optimismo.
La incertidumbre se presenta por lo que podrá ocurrir con EL UNIVERSO, un diario centenario, fiel a una ética periodística que poco se cuida en el mundo actual copado por la lógica inmediatista y superficial de las redes sociales. Cabe esperar que se mantenga la línea que lo ha caracterizado, sin sacrificar el contenido y la responsabilidad en función de la inmediatez y del índice de difusión. Sobre todo, que no cambie su color al rosa o al amarillo que apasionan a las audiencias. Gracias y adiós.
Adiós
La primera decisión, e incluso la más difícil, para quienes contamos con un espacio semanal en la página de opinión de un diario es la selección del tema. En la realidad de nuestro país el problema no se origina en la ausencia de asuntos para tratar, sino precisamente en lo contrario, en la abundancia de estos. Como los personajes de la obra de Pirandello, aquí los hechos abundan y están a la espera del autor. Sin embargo, en esta ocasión el asunto no ha tenido esa complicación, porque, para decirlo coloquialmente, fue servido en bandeja. Sí, literalmente, en la bandeja de mensajes de WhatsApp gracias a un amigo cibernauta. La noticia fue la venta de EL UNIVERSO. No podía haber duda, ese debía ser el tema para este lunes.
He mantenido esta columna a lo largo de casi tres décadas (28 años, para ser exacto) de manera ininterrumpida y con escasas ausencias por razones de esas que burocráticamente se califican como de fuerza mayor. Mi tema predominante ha sido la política, lo que me ha obligado a un cuidadoso ejercicio de responsabilidad. En un país que vive en la coyuntura permanente y en donde el largo plazo no dura más de dos días escribir semanalmente se transforma en una responsabilidad mayor. Como lo afirmo en la sección Los lunes en El Universo de mi página web (que recoge los artículos de opinión ya publicados), mi intención ha sido que el análisis se imponga sobre la opinión. Obviamente, como lo reconozco ahí, estoy consciente de que no siempre he podido lograr ese objetivo, pero me ha servido de guía para moderar las preferencias y de esa manera aportar en lo posible al debate. Esa ha sido la línea que he seguido desde que inicié este camino gracias a la invitación de Carlos Pérez Perasso.
Sería iluso suponer que la venta del Diario no vaya a materializarse en cambios sustanciales. En estricto sentido será una nueva etapa que deberá manifestarse en aspectos de forma y de fondo. Uno de estos será la redefinición de la línea editorial y, con ella, de la página de opinión. Los nuevos propietarios y la nueva administración buscarán establecer su impronta desde el primer momento y para esto nada mejor que dejar este espacio libre para que lo llenen según lo que consideren conveniente.
Sí, este es el artículo con el que me despido de EL UNIVERSO y sobre todo de quienes reflexionaron conmigo cada lunes. Extrañaré sus comentarios, especialmente el intercambio de mensajes que se producía después en el mail, ya sea porque estábamos de acuerdo o, con mayor intensidad, cuando discrepábamos. Es un adiós que, como todas las despedidas, tiene una carga de incertidumbre acerca del futuro. No del mío, que, en sentido contrario al ancestral pesimismo ecuatoriano, lo veo y lo vivo con optimismo.
La incertidumbre se presenta por lo que podrá ocurrir con EL UNIVERSO, un diario centenario, fiel a una ética periodística que poco se cuida en el mundo actual copado por la lógica inmediatista y superficial de las redes sociales. Cabe esperar que se mantenga la línea que lo ha caracterizado, sin sacrificar el contenido y la responsabilidad en función de la inmediatez y del índice de difusión. Sobre todo, que no cambie su color al rosa o al amarillo que apasionan a las audiencias. Gracias y adiós.
... y el de la semana pasada
Prisioneros de su voluntad
Desde una mirada rápida, el asunto central que mueve a la política ecuatoriana en estos días aparece como un absurdo. Las dos principales fuerzas electorales se enfrentan a uñas y dientes por un personaje en sí mismo insignificante, pero que, gracias a esas mismas organizaciones políticas, ocupa un puesto central en el sistema de justicia. Cada una de ellas tiene su responsabilidad, ya sea por haberlo impulsado hasta ese lugar o por mantenerlo allí. Pero el problema es más complejo que el panorama que se dibuja con la mirada rápida. Lo que se juega no es la permanencia o la destitución de ese individuo, sino un asunto de fondo que está escondido en los cálculos de esas maquinarias electoreras.
El correísmo fue un factor fundamental para que ese abogado de sospechosa trayectoria alcanzara ese puesto que, en esencia, debería ser administrativo y de carácter interno en el organigrama del aparato judicial. Hasta este momento han logrado echar tierra sobre ese pasado y pueden aparecer como portaestandartes de la ética. El noboísmo es el arnés que lo mantiene colgado del cargo y, por lo que se desprende de las acciones y declaraciones de sus asambleístas, seguirá fuertemente amarrado desde arriba. Las maniobras de sus asambleístas en la comisión legislativa que está procesando el juicio político son el anuncio de una vida alargada.
El enfrentamiento de ambas fuerzas configura, en alguna medida y con ciertas especificidades, lo que en teoría de juegos se denomina el dilema del prisionero. Se trata de una situación en que dos prisioneros pueden optar por confesar o no confesar para influir en sus respectivas condenas. Sin entrar en la complejidad de las opciones (que incluye múltiples situaciones, favorables para el uno y desfavorables para el otro, así como favorables o desfavorables para ambos) lo que cabe para el caso actual es que cada una de las organizaciones está buscando el resultado óptimo para ella en términos electorales, sin considerar el asunto de fondo que es la crisis del sistema judicial del país. Es verdad que la presencia de ese individuo en el cargo es una afrenta no solo para uno de los poderes del Estado, sino para la vigencia del orden jurídico y para la noción de justicia, pero su cambio no soluciona el problema de fondo.
De la misma manera que en el juego imaginario, en este caso se impone el egoísmo. Cada uno privilegia su interés, sin que exista un bien superior que pueda conducir a la colaboración. Ninguno de ellos se puso a pensar en que esta pudo ser una excelente oportunidad para iniciar un proceso de reforma integral del Poder Judicial. Para nadie es desconocido que este, que es el pilar del Estado de derecho, está atacado y penetrado por las mafias y que sin un acuerdo político será imposible hacer la reforma integral que se requiere. Pero para que ese acuerdo sea posible es necesario dejar de lado los intereses electorales inmediatos y, sobre todo, aislar y sepultar políticamente a los emisarios de esas mafias que, sin duda, actúan desde adentro de esas y otras fuerzas políticas. El problema es que, igual que en el juego, son prisioneras de su propia voluntad, de una forma de hacer política que jamás pone por delante el interés nacional.
Prisioneros de su voluntad
Desde una mirada rápida, el asunto central que mueve a la política ecuatoriana en estos días aparece como un absurdo. Las dos principales fuerzas electorales se enfrentan a uñas y dientes por un personaje en sí mismo insignificante, pero que, gracias a esas mismas organizaciones políticas, ocupa un puesto central en el sistema de justicia. Cada una de ellas tiene su responsabilidad, ya sea por haberlo impulsado hasta ese lugar o por mantenerlo allí. Pero el problema es más complejo que el panorama que se dibuja con la mirada rápida. Lo que se juega no es la permanencia o la destitución de ese individuo, sino un asunto de fondo que está escondido en los cálculos de esas maquinarias electoreras.
El correísmo fue un factor fundamental para que ese abogado de sospechosa trayectoria alcanzara ese puesto que, en esencia, debería ser administrativo y de carácter interno en el organigrama del aparato judicial. Hasta este momento han logrado echar tierra sobre ese pasado y pueden aparecer como portaestandartes de la ética. El noboísmo es el arnés que lo mantiene colgado del cargo y, por lo que se desprende de las acciones y declaraciones de sus asambleístas, seguirá fuertemente amarrado desde arriba. Las maniobras de sus asambleístas en la comisión legislativa que está procesando el juicio político son el anuncio de una vida alargada.
El enfrentamiento de ambas fuerzas configura, en alguna medida y con ciertas especificidades, lo que en teoría de juegos se denomina el dilema del prisionero. Se trata de una situación en que dos prisioneros pueden optar por confesar o no confesar para influir en sus respectivas condenas. Sin entrar en la complejidad de las opciones (que incluye múltiples situaciones, favorables para el uno y desfavorables para el otro, así como favorables o desfavorables para ambos) lo que cabe para el caso actual es que cada una de las organizaciones está buscando el resultado óptimo para ella en términos electorales, sin considerar el asunto de fondo que es la crisis del sistema judicial del país. Es verdad que la presencia de ese individuo en el cargo es una afrenta no solo para uno de los poderes del Estado, sino para la vigencia del orden jurídico y para la noción de justicia, pero su cambio no soluciona el problema de fondo.
De la misma manera que en el juego imaginario, en este caso se impone el egoísmo. Cada uno privilegia su interés, sin que exista un bien superior que pueda conducir a la colaboración. Ninguno de ellos se puso a pensar en que esta pudo ser una excelente oportunidad para iniciar un proceso de reforma integral del Poder Judicial. Para nadie es desconocido que este, que es el pilar del Estado de derecho, está atacado y penetrado por las mafias y que sin un acuerdo político será imposible hacer la reforma integral que se requiere. Pero para que ese acuerdo sea posible es necesario dejar de lado los intereses electorales inmediatos y, sobre todo, aislar y sepultar políticamente a los emisarios de esas mafias que, sin duda, actúan desde adentro de esas y otras fuerzas políticas. El problema es que, igual que en el juego, son prisioneras de su propia voluntad, de una forma de hacer política que jamás pone por delante el interés nacional.