Simón Pachano
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La semana en Primicias
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El viernes de esta semana
Cuba, épica sin futuro

Una anécdota, reiteradamente contada desde los primeros tiempos de la Revolución Cubana, relata que Ernesto Guevara respondió rápidamente con un “yo”, cuando Fidel Castro preguntó si había un economista entre los asistentes a una tumultuosa reunión. Esa respuesta fue suficiente para nombrarle ministro de Industria y pocos meses después presidente del Banco Nacional de Cuba. Cuando salían de la reunión, asombrado Castro le dijo que no sabía que era economista, a lo que el Che, con una sonrisa, le explicó que había entendido comunista y no economista. Como sucede frecuentemente en la historia, verdadera o falsa, la anécdota anticipa perfectamente el devenir del proceso cubano.

Como la mayoría de los países latinoamericanos, la economía cubana giraba en torno a un solo producto. Aunque en los años previos al triunfo revolucionario se multiplicaron algunas actividades vinculadas al turismo, el azúcar era la savia que alimentaba al sistema. A diferencia de la mayoría de las “repúblicas bananeras” de aquel momento que exportaban su producto en bruto, Cuba agregaba valor al suyo con la industrialización. Ese pudo ser el primer paso para caminar hacia el modelo de sustitución de importaciones que estaba en auge en esos momentos en América Latina y que más adelante lo intentaría Cuba sin éxito.

Sin embargo, al expropiar las empresas y eliminar la propiedad privada, la revolución cerró cualquier posibilidad de transitar por esa vía. El erario cubano no disponía de los recursos necesarios para una inversión de la magnitud que demanda el proceso. Además, en ese sistema cerrado no cabía siquiera pensar en la posibilidad de atraer a capitales extranjeros. Incluso, cuando más adelante hubo débiles intentos de atraer inversiones externas, estas se concretaron casi exclusivamente en las actividades turísticas. Su efecto más visible fueron unos impuestos que en su mayoría debían alimentar al aparato militar. Su impacto en el empleo era mínimo y, debido a que la población cubana tenía prohibición expresa de acceder a esos servicios, servían para hacer visibles las odiosas diferencias existentes en un país que supuestamente caminaba hacia la sociedad igualitaria.

Los reiterados intentos de Fidel Castro de diversificar la economía —muchos de ellos ilusorios, casi delirantes— chocaron no solo con la realidad geográfica y climática, sino sobre todo con el modelo económico que se implantó. No hay duda de que el problema se agravó con el bloqueo (o embargo, si se acepta la versión edulcorada) establecido después del fracaso de la invasión de playa Girón, que alcanzó su forma más dramática a partir del colapso del bloque soviético. El corte de los recursos que provenían desde Rusia significó la pérdida del principal ingreso de la economía cubana.

Más allá de tintes ideológicos, se debe admitir que el problema estuvo y está en el modelo económico establecido por la revolución. Quienes sostienen que ese modelo se aplicó exitosamente en la Unión Soviética o que aún funciona en China, no consideran las hambrunas que acabaron con la vida de millones de personas en las primeras décadas de la URSS y que solamente pudieron ser superadas gracias a la dimensión geográfica que permitía la diversificación económica. Tampoco hay que olvidar que el fin de esa experiencia se originó adentro, fue por implosión, no por la acción de algún agente externo. Asimismo, China tiene de socialismo únicamente el control estatal, con sectores de punta bajo una propiedad privada estrictamente vigilada, sin ninguna forma de producción socializada.

Que ahora un par de halcones embravecidos parece que lograrán estrangularla para favorecer a sus proyectos inmobiliarios no es el origen del problema. Es la consecuencia de un sistema inviable que sometió a una sociedad hasta el punto de que ahora ruega para que aparezca una Delcy que pueda prestarse al juego. Es la expresión de una épica sin futuro.

El apelativo Che, estampado en los billetes por Guevara como presidente del Banco Nacional, expresa la liviandad con la que se trató el tema desde los primeros tiempos de la Revolución. Eso y la lectura de 'El socialismo y el hombre en Cuba', del mismo autor, dan veracidad a la anécdota mencionada.


El viernes de la semana anterior
Perú y Colombia: enfermedades con pronóstico reservado

Cuando se enfrentaron Keiko Fujimori y Ollanta Humala en la elección presidencial peruana de 2011, Vargas Llosa dijo que se trataba de escoger entre el cáncer y el sida. Aunque el brillante escritor terminó convocando a apoyar a uno de esos males cuando la misma Keiko se enfrentó a Pedro Castillo en 2021, la frase ya se había convertido en un estribillo en toda la América Latina. Tanto cobró carta de naturalización que en estos precisos días la escuchamos repetidamente a raíz de los resultados de las primeras vueltas realizadas en Perú y en Colombia. Dígase lo que se diga y más allá de odios y amores, lo cierto es que en ambos países las cuatro opciones disponibles reproducen la disyuntiva entre enfermedades casi terminales. Pero, ni los síntomas ni las enfermedades son similares en ambos casos.

La elección peruana, que se realizará este domingo y tiene nuevamente como protagonista a la hija del exdictador (enfrentada a Roberto Sánchez, seguidor de quien la derrotó hace cinco años), presenta algunos síntomas específicos. Veamos un par de datos para identificarlos. En la elección de 2021 ya llamó la atención la baja votación con la que pasaron a la segunda vuelta. Castillo obtuvo 18% y ella un magro 14%, lo que significó que prácticamente siete de cada diez electores no votaron por ellos. En la elección de abril del presente año no solo se dibujó un escenario similar, sino que se agudizó el problema cuando entre Fujimori y Sánchez apenas sumaron el 29%. Se ha dicho que en esto influyó el alto número de candidatos, dieciocho en total, pero en realidad ese no es el origen del problema. Es más bien el síntoma de una enfermedad que se denomina apatía o rechazo y que se expresa en la fragmentación. Esta proviene de la insatisfacción ciudadana y es más grave que un resfriado electoral.

La otra enfermedad peruana se llama inestabilidad presidencial. Su síntoma más claro es el alto número de mandatarios que se han turnado a lo largo de los últimos diez años a causa de la vacancia decretada por mayorías efímeras dentro del Congreso. Un factor determinante para esto ha sido la corrupción, pero no es el único. En el trasfondo está la ausencia de partidos y la incapacidad del sistema político para procesar las demandas de amplios sectores de la población. El centralismo limeño se suma a los caciquismos locales para configurar un sistema clientelar que no tiene —porque no le conviene tener— vías orgánicas para la resolución de sus problemas. Fenómenos como el de Castillo y ahora el de Sánchez son las expresiones de sectores que se visibilizan defectuosamente en la elección y peligrosamente en los estallidos populares.

La enfermedad colombiana tiene otras características y por tanto tiene otro nombre. Se llama polarización. Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda recibieron los votos de más de ocho de cada diez personas (44% y 41%, respectivamente). Los candidatos que presentaban algún grado de moderación y ofrecían un gobierno de integración nacional quedaron claramente relegados. Hace poco menos de diez años ya hubo una expresión de esa enfermedad, cuando el presidente Santos convocó a un referendo para aprobar el proceso de paz y la relativamente escasa población que se acercó a votar negó esa posibilidad. En un país que ya llevaba más de cuarenta años de violencia resultaba insólito que menos de la mitad de los electores acudiera a votar y que la mayoría de ellos lo hiciera por la opción que significaba mantener esa situación.

La segunda vuelta, que se realizará el 21 de este mes, aparece a primera vista como la disyuntiva entre izquierda y derecha. Sería muy sano que así fuera, porque la disputa ideológica fortalece a la democracia. Pero, más que una polarización ideológica, es una contienda entre dos opciones autoritarias. Lo ideal sería que los candidatos busquen a los votantes del centro (que son pocos, pero puede inclinar el resultado), lo que les obligaría a moderar sus posiciones, pero los síntomas hasta el momento solo insinúan un agravamiento de la enfermedad.


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